Carta a una alma inocente

Santísima Señora.

En todos los misterios del mundo, los más misteriosos son los que vénguenos de Dios. Usted pertenece a estos últimos, como Madre Teresa, Santa Teresa de Ávila o Santa Teresa Benedicta de la Cruz, …

Pienso que, desde vuestro nacimiento, el camino hacia santidad fue ya pronto. Quisiera convertirse en una santa, pero ya fuiste elegido por el Cielo. « Antes que te formase en el vientre de tu madre, te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué (…). » (Jeremías 1:5).

Además, creo también que fue Santa antes la confirmación oficial de la Iglesia.

¿Cómo fue otramente posible? Nació en un ambiente familiar que propició el vuestro destino: una familia más piadosa, hermanas que entran en la religión, y especialmente convertirse en carmelitas.

La vida no perdona a usted. Primero, su primera experiencia amarga: perder a su madre a los cuatro años, demasiado pronto. Una pérdida que, creo, agudizará una sensibilidad ya profunda. Luego, una salud frágil que afectará a usted casi constantemente.

Pero la vida también sonríe a usted. Es rodeada de cariño, quizás por la delicada salud. Es amada por usted mismo, por sus seres queridos, por todo el Cielo, y lo sabe.

« El amor con amor se paga ». Siempre has amado a cambio a la Divinidad, a su Hijo, a la Reina del Cielo, a los santos y a los ángeles.

La inocencia infantil de su alma es permanente a través de su virtud constante y su entrega total a Dios.

A lo largo de vuestra vida, ha amado a los demás y ha orado intensamente por la salvación de las almas de todos.

También ha propuesto a usted, la misión de llevar al Hijo el mayor número posible de almas para saciar su sed (Evangelio de Juan 19:28).

Finalmente, es normal que ocupe una posición en el Cielo.

Pero, le dice que todas las almas no son iguales. Es verdad, la diferencia entre usted y los hombres ordinarios es abisal.

¿Cómo deben hacer ellos por ganar un pequeño lugar en el Paraíso?

Son confrontados a los problemas de la vida, a las tentaciones, a todos tipos de frustraciones.

En comparación con usted, son grandes pecadores, totalmente imperfectos. Y lo sé dónde está ahora.

Me gustaría de conocer la respuesta porque el perdón divino, no será suficiente.

Al inicio de esta carta, he pensado en escribir a usted para mí, por querer una consolación personal, pero me tomo que somos millones y millones de hombres en mi caso.

Pero, pensándolo bien, no lo merezco. Creo que mis posibilidades son nulas.

Otros podrían tener esa oportunidad.

La única cosa que puede suceder es que su historia me inspira para mejorar mi persona.

Gracias por todo lo que hará.

Un hombre muy ordinario

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